Radiografía del Pepino

24 de Febrero de 2006
* Javier Escalier Orihuela

Vestido de Pepino Ch’ukuta, con los colores de nuestra ciudad: verde y rojo punzó, me alisto para participar de la alegría del Carnaval paceño.

Si bien en sus inicios, durante la época colonial, el Pepino Paceño, extraña mezcolanza de Kusillo andino y Pierrot, aún no era bien recibido en los altos círculos de la sociedad de aquel entonces, poco a poco, gracias a su carácter fresco y risueño, fue constituyéndose hasta nuestros días en el personaje infaltable del Carnaval, llegando a convertirse en el principal personaje de estas fechas.

Simpático, bonachón y cholero, son cualidades innatas en él, se lo distingue también por el ruidoso sonar de campanillas, cosidas en las puntas de sus puños, además de su inigualable voz atiplada, aunque sin duda se lo recordará siempre por el feroz golpe de su matasuegras.

En los días de Carnaval, el Pepino se constituye en el Rey supremo de la fiesta. Cumpliendo una ajetreada agenda de presentaciones, se lo encuentra en los mercados, ch’allando al lado de sus cholitas sus puestos de venta, poniéndoles serpentinas y bailando una “cuequita” paceña; compartiendo con los niños, “chauchitando” unas cuantas monedas al son de “Pepino, chorizo, sin calzón” y combatiendo en las calles en desigualdad numérica, pero con mucha valentía, contra decenas de jóvenes armados con globos y chisguetes, aunque las únicas armas que tiene para defenderse son su “matasuegras” y gran cantidad de harina. Así es, hasta nuestros días el Pepino, habitante de ésta hoyada que reparte alegría al por mayor, ya sea solitario o en patota.

La simple, pero atractiva vestimenta del Pepino, consiste en un mameluco a cuadros, confeccionado con tela de charmé, en dos elegantes colores muy bien combinados, un largo cuello de tul blanco, una careta con expresivas muecas de alegría y un largo chorizo, que no es mas que un trozo de tela rellenado con trapos, o en su lugar el no menos doloroso “matasuegras”, objetos que usan para golpear a todo quien se cruce en su camino.

En la Entrada del Domingo de Carnaval, interminables Comparsas de Pepinos colmaban las serpenteantes calles por donde pasaba aquel desfile bullanguero, que ya a principios del siglo pasado se iniciaba a la altura de la Avenida América, esquina Pando –Hasta la década de los 50’s aún no había la Avenida de las Muñecas que conectaba con el monumento al presidente Kennedy; sólo existía el Callejón de las Muñecas–. Posteriormente desde la segunda mitad del siglo XX, la concentración se la realizaba precisamente a la altura de la Estación Central, recorriendo a su paso calles, angostas y añejas que guardan una carga de valor costumbrista incomparable, como la Evaristo Valle, Comercio, Ayacucho y Loayza, desde siempre, escenario de ésta entusiasta manifestación.

Al Pepino no siempre le han dado el valor que nuestra tradición le ha impuesto. En la Dictadura de los setentas, el Carnaval y sus principales expresiones estaban proscritas, sólo porque al alcalde de turno se le ocurrió que la gente debía trabajar más y regocijarse menos.

Hoy en día, ese Pepino que vive en el subconsciente de cada uno de nosotros y espera con ansias la llegada del Carnaval, para dar rienda suelta a su alegría guardada por más de un año.

Los paceños también nos aprestamos a desempolvar y planchar nuestros viejos pepinos, –un poco arrugados y algo desteñidos tal vez–, pero todo un símbolo paceño, para salir bailando por las callecitas de nuestra querida ciudad como todos los años al ritmo de: “Pepino, chorizo, sin calzón”, vivamos juntos nuestro Carnaval.

* Javier Escalier Orihuela es Presidente de la Asociación de Comparsas del Carnaval paceño

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