San Juan - un fuego que no se apaga


Por: Javier Escalier Orihuela

La fiesta de San Juan es una tradición muy arraigada en nuestro medio, que subsiste a pesar de todo como una de las pocas instituciones que permite "sociabilizar" al boliviano; congregando a la familia, compartiendo entre amigos y hasta conocerse entre vecinos que aprovechan esta ocasión para quemar leña, muebles y trastos viejos recolectados a lo largo del año.

El mundo católico celebra el 24 de Junio el nacimiento de San Juan Bautista, seis meses antes que Nuestro Señor Jesús, su primo; siendo el único Santo al que se le conmemora su fiesta el día de su cumpleaños.

Esta festividad —como otras— fue traída al nuevo mundo por los españoles, quienes se encontraron con que en estas fechas los nativos celebraban el solsticio de invierno. Tal como lo refiere Alcides D’Orbigny en sus memorias (1830); estos religiosos demasiado hábiles como para desperdiciar aquella celebración, se limitaron a cambiar su sentido, haciendo reverenciar sus imágenes en lugar de deidades y monarcas de la zona, en las fiestas de "Corpus Christi", San Antonio, San Juan, San Pedro y San Pablo, y como lo hicieron con cada una de las festividades del catolicismo. Los indígenas sin darse cuenta reemplazaron poco a poco sus ceremonias por otras.


De ahí que nos impusieron San Juan, festejando con grandes fogatas, fiesta que aún pervive en especial en España y varios países de latinoamérica. En nuestro medio la víspera de San Juan, el 23, es conocida como la noche más fría del año y su principal protagonista es —por excelencia— el fuego, siempre ligado a esta celebración.

La fogata se inicia con la quema del tradicional "muñeco de trapo" —mameluco relleno con trapos y forrado con abrigos, chompas y con cuanta prenda vieja de vestir sirva—; en España se quema desde un pelele -similar a un espantapájaros-, hasta las enormes figuras burlescas de cartón y madera de Alicante, que levantan monumentales "hogueras" al filo de la media noche, y cumplen el ritual de purificación previo al verano, en una fiesta declarada de "Interés Turístico Internacional" por ese país. Hoy mismo, sus autoridades municipales, con mucha responsabilidad, norman esta celebración, garantizando la protección y seguridad de sus ciudadanos, quienes deben presentar una solicitud formal para encender sus fogatas, hogueras, como las llaman ellos, comprometiéndose a ser los responsables ante cualquier tipo de accidentes, alejándosé de árboles y edificios, por ejemplo, lejos de tendidos de cables y prohibidos de quemar materiales tóxicos, en una clara política de control medio ambiental con pervivencia de sus tradiciones.

En Bolivia las verbenas bailables se organizaban en medio de la música, el baile y los tradicionales "sucumbés" y ponches de leche o guindas. La gente acostumbraba saltar sobre las fogatas —cada vez más altas— un mínimo de tres veces; las jóvenes aprovechaban la oportunidad para cortarse mechones de cabello o lanzar papelitos de colores envueltos con los más diversos deseos -los que sólo se cumplen si son consumidos por las llamas-, en una ceremonia imposible de olvidar, tampoco para los más pequeños, que esperaban esta fecha para encender chispitas y estrellitas, o para enterrar entre ardientes carbones, naranjas y papas, que al cocerlas adquieren un sabor inigualable.

El mismo término de "verbena" proviene de una antigua tradición española entre las mujeres más jóvenes, que consistía en recoger una hierba llamada "verbena" para encontrar el amor; esa misma planta es usada en Bolivia en infusión para el dolor de estómago y cólicos, de ahí que se le llame también verbena a la víspera de la fiesta de San Juan. "Esa noche, todo puede suceder", se dice.

Los "hot dogs" son el complemento de la fecha, aunque gracias a una hábil maniobra publicitaria que los posicionó desde hace no más de dos décadas, en ausencia de un plato tradicional propio de la celebración, con talismanes que curiosamente nunca tienen que ver con nuestras costumbres.

Sin embargo, para muchos se hace insostenible el hecho de preservar una tradición a costa de sacrificar nuestra salud; de ahí aquellas impertinentes políticas locales que se atribuyen un falso liderazgo en calidad ambiental, que irónicamente sólo restringen el encendido de fogatas y fuegos artificiales en estos días, instituyendo la hipocresía de la autoridad que aparece sólo en estas fechas y que sabe a cuento, que encubre la ausencia de una verdadera estrategia ambiental. Y aquí no se trata de soslayar los planes de control que pretenden evitar la quema de contaminantes, restricciones de la autoridad competente que son plausibles desde todo punto de vista porque precautelan daños en el medio ambiente.

Con todo, esperemos que la noche de la víspera de San Juan, se lleve todo lo malo y traiga el cambio.

* Javier Escalier Orihuela es miembro del Consejo Ciudadano de la Cultura y las Artes


No hay comentarios: