El Escudo Nacional de Bolivia

Por Javier Escalier Orihuela


Para conocer la historia del Escudo Nacional de Bolivia, debemos transportarnos en el tiempo a la Asamblea General del 17 de Agosto de 1825, cuando se aprueba el Decreto mediante el cual se establece la forma y componentes representativos de esta joven nación que merecen aparecer en él.


De ahí que el primer Escudo Nacional sea tan sencillo, de forma ovoidal —tipo suizo— y dividido en cuatro partes.


Aquel primer Escudo de Bolivia, sólo mostraba cinco estrellas, que eran los primeros cinco departamentos con que nació nuestro país; debajo de ellas se encontraba el árbol de pan (que según el decreto de su creación era sólo una rama) y una alpaquita; más abajo se encontraba el Sumac Ork'o, o cerro rico de Potosí. Este Escudo estaba coronado por el famoso gorro frigio de la libertad, rojo sangre (punzó) y dos aparentes genios que sostenían la cinta que llevaba el nombre de República de Bolivia.


Desde entonces nuestro Escudo Nacional ha sufrido constantes cambios y reformas, comenzando por el número de Estrellas hasta llegar a diez, como son sus departamentos contando a nuestro cautivo Litoral. La alpaquita fue cambiando de color, de café a blanca y posteriormente a llamita; así como el ave nacional de Bolivia, el Cóndor de los andes —el “Mallku”— que poco a poco se lo fue presentando con las alas más abiertas, como presto a levantar vuelo, representando la búsqueda de horizontes sin límites del país.


Tres Banderas Tricolores a cada lado del Óvalo, con sus respectivos mástiles representan a la Bandera boliviana como máximo símbolo nacional; los Fusiles, son las armas del país; dos Cañones que representan el poder militar de Bolivia y el hacha, la autoridad y mando.


Debajo del óvalo que quedó desde su creación, están las diez Estrellas doradas y arriba la inscripción BOLIVIA, también en letras doradas, dentro de una línea azul que simboliza el Litoral Cautivo; el Laurel, el triunfo y la gloria; la rama de Olivo, la paz; y el Gorro frigio, la libertad.


El Sol junto al Cielo con los colores del amanecer encarnan el esplendor del país. El imponente Cerro Rico de Potosí, la riqueza de nuestros recursos naturales; y en sus faldas la imagen de Jesucristo con los brazos abiertos sobre la Capilla del Sagrado Corazón de Jesús, construida en piedra de granito de Comanche; más adelante aparece en primer plano la Llama blanca, representando a la rica fauna del país; el Haz de trigo, los pródigos recursos alimenticios de Bolivia y la Palmera, la riqueza vegetal.


Sin embargo tantos elementos que conforman nuestro Escudo Nacional, no alcanzan para mostrar las características de nuestra nación; es por ello que a lo largo de nuestra historia, ha existido siempre la intención de sustituir o aumentar más componentes que logren diferenciar cabalmente a Bolivia de otras naciones.


Pero como no todo es “chairo” como dirían unos; la cosa no “habia” sido tan fácil y por este símbolo patrio, algunos bolivianos se enfrentan nuevamente; unos no lo quisieran ­“tan occidental” y pretenden insertarle la soya, o hasta una “vaquita” beniana en lugar de la Llama; otros, unas cuantas hojitas de coca o papa, o hasta chuño.


Lo cierto es que si con esos cambios se quiere demostrar la unidad de los bolivianos, flaco favor nos hacemos, porque acentuamos lo contrario.


El actual Escudo Nacional de Bolivia fue establecido oficialmente por el Decreto 27630, durante la presidencia de Carlos Mesa el 19 de julio de 2004, que es el que el Poder Ejecutivo lo esgrime como el "gran sello de la Nación" en la promulgación de leyes, ratificación de tratados, convenios internacionales y hasta en los pendones cívicos de cuanta asociación, gremio o institución desfila el 23 de Marzo o 6 de Agosto; en masivas marchas por reivindicaciones sectoriales y en entradas folklóricas zonales y encuentros deportivos.


Por ello, de lo que sí debemos estar seguros, es que hay que tener mucho cuidado con nuestros símbolos patrios, que jamás deben ser manoseados con fines políticos porque son la cara de nuestro país.


Tampoco vamos a permitir, por ejemplo, ni con todo este alboroto que se ha armado por causa de la apropiación indebida de la Diablada por parte de nuestro vecino chabacano, que alguien pretenda colocar una careta de Diablo o de Moreno en nuestra sagrada enseña patria, con el pretexto de que: “hacer folklore, es hacer patria”.


* Javier Escalier Orihuela es miembro del Consejo Ciudadano de la Cultura y las Artes de la ciudad de La Paz