De aquel descubrimiento hasta nuestros días


Lo que ha pasado desde la conquista del nuevo mundo, o encuentro, como lo llaman otros, hasta nuestros días se ha convertido en un tanto irónico; ahora resulta que la vida nos vuelve a encontrar, pero ahora somos los bolivianos quienes pugnamos por entrar al viejo mundo, y duele saber que no somos bien recibidos.


El hecho que muchos compatriotas nuestros sean constantemente objeto del maltrato por parte de autoridades españolas y europeas, no es más que el reflejo de ese estado de intolerancia y racismo extremo.


Y de esto no se ha salvado ni el canciller boliviano, David Choquehuanca, que le ha tocado sufrir en Europa este tipo de discriminación, cuando en una escala hecha en Holanda se llevaron su pasaporte para verificar si realmente era nuestro canciller.


Y es con razón que Choquehuanca reclama por el término de "ilegales", con que tildan a los inmigrantes, aunque antes, en nuestra propia tierra, decían que no teníamos alma, ni éramos considerados seres humanos, fuimos bárbaros, ahora ilegales.


Y tampoco deja de ser curioso que esta agresión venga de quien menos se habría esperado; nada menos que de la llamada "madre patria", que a estas alturas ya no podría considerársela así, debido a su escasa solidaridad demostrada hacia sus "hijos".


Una “madre” que para muchos, le debe a esta parte del mundo gran parte de lo que tiene; recordemos que desde su llegada a estos lugares, codicias y ambiciones primaron más que cualquier otra finalidad. Atahuallpa abrió una caja de pandora cuando les ofreció a cambio de su libertad, llenar dos cuartos llenos de plata y uno de oro. Tan grande sería aquel botín, —recolectado desde cada punto del imperio—, que incluso los propios españoles llegaron a formar parte de grupos recolectores de aquellas joyas y objetos de metal en todo el territorio americano; muchos de ellos se llevarían verdaderos tesoros. Tal rescate alcanzó la millonaria suma de "971.125 pesos de oro y 40,860. marcos de plata", en lo que se conoce como el rescate más alto pagado en la historia de la humanidad.


La extracción de plata durante la conquista en lo que se denominó la mita y la minería, extirpó de las entrañas del Sumac Orcko, el Cerro Rico de Potosí, tal cantidad, que hay quienes afirman, —en tono irónico— que se habría podido forjar "un puente" de plata desde Potosí a Madrid, por el que —ya les dije la anterior semana—, se fueron para no volver más.


Pero no hay nada que hacer con el boliviano; desde aquellos tiempos y hasta hoy en día, dentro de la lógica de la reciprocidad que nos ha legado nuestra cultura milenaria, continúa recibiendo al "inmigrante" europeo, así como del mundo, con la calidez y los brazos abiertos de siempre, sea diplomático, estudiante o cuanto turista llegue a estas tierras; al que pasea en pleno Prado paceño, de manera descomedida: con camiseta, pantalón corto y "chancletas", vestido así, a veces por humilde y a veces por soberbio, quien sabe; vestido como para visitar el tercer mundo.


El boliviano se esfuerza por tratar bien al forastero; en el campo, se desvive por ofrecer el mejor plato de comida. Cuando un forastero llega, se mata el mejor cordero, se brinda la mejor chicha, sin necesidad siquiera de pedirle un documento de identificación.


Y es que definitivamente es otra lógica, después de más de 500 años seguimos teniendo la misma lógica. Y no es por "cuerudos".


Para nosotros recibir a un "inmigrante", sea de donde sea, se convierte en un tema de reciprocidad, de un "hoy por ti, mañana por mi".


Decía el canciller en el caso de los bolivianos repatriados, a tiempo de exigir también "visa" para visitar Bolivia por un tema de soberanía. "Los compatriotas deben ser admitidos, aunque fuera excepcionalmente, por su drama y sufrimiento. No son muchos; ellos quieren trabajar, ellos no van a robar".


*Javier Escalier Orihuela

forma parte del Consejo Ciudadano de la Cultura y las Artes



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