Monumentos nacionales

Nuestros Monumentos en el olvido de las autoridades locales

* Javier Escalier Orihuela


En el anterior artículo discutíamos sobre la escasa presencia de monumentos nacionales en nuestro país y particularmente en la ciudad de La Paz, como se constató en un recorrido que se hizo desde la “Ceja” de la ciudad de El Alto, hasta la Calle 21 de Calacoto de la zona sur, que no cambia—.


Por el contrario, héroes importados, conquistadores, filósofos, reyes, reinas y lobos, son recordados a cada paso, en imágenes hechas en cemento, bronce y mármol.


A esto, una legión de rufianes, motivados por la demanda internacional y subida del precio del bronce y otros metales se ha dado a la tarea, de hacer desaparecer las pocas esculturas, que de alguna manera sacaban cara por lo nuestro.


Así, la chola paceña que representaba a la valerosa mujer de pollera, fue arrancada de la plazuela que se encuentra en la esquina de la Calle Agustín Aspiazu, entre la Avenida Aniceto Arce y 6 de Agosto, a punta de picota, con el apoyo de maquinaria pesada, ante la indiferencia de los vecinos del lugar que ni se enteraron de su ruidosa desaparición.


Como ella, el busto del Protomártir Pedro Domingo Murillo se esfumó de inmediaciones del Parque “Combate de Riosinho”; y los de Tomás Frías y Óscar Únzaga de la Vega, entre muchos otros, han corrido la misma suerte; estos malhechores no perdonan ni a los que se encuentran en los cementerios, donde ni sus plaquetas se salvan.


En la localidad de Uncía, Potosí, sus habitantes ofrecen la recompensa de cinco mil dólares americanos a quien ofrezca datos sobre el paradero de la estatua del ex líder político Max Fernández Rojas, de tres metros de alto y más de dos toneladas de peso que desapareció de un sitio a donde sólo se accede tras una caminata de quince minutos.


Lamentablemente a nuestros monumentos se los maltrata así, muchos desaparecen, otros son víctimas de vándalos que les roban sus placas, les cercenan manos y cabezas y son pintarrajeados sin misericordia.


A falta de muchos, algunos se dan el lujo de despreciar a los pocos en existencia, como le sucedió al monumento del “Ekeko”, dios de la abundancia y representante de nuestro rico legado cultural, que ha tenido que vagar por varias plazas de nuestra ciudad, sólo porque supersticiosos vecinos lo querían lejos de su zona, sus hogares y sus vidas, por temor a que el inofensivo vendedor de ilusiones les lleve la mala suerte; así, otros desubicados que han pegado el grito al cielo cuando la familia del arquitecto Emilio Villanueva solicitó la reposición del monumento al Soldado desconocido en la Avenida Mariscal Santa Cruz.


Tan poco hay nada que hacer que cuando tampoco se goza de la simpatía de las autoridades locales, como ocurre con la donación de monumentales esculturas representativas de nuestra cultura que se ha tornado cuesta arriba, como el caso del Monumento al Ch’uta y el Pepino paceño, de propiedad de la Asociación de Comparsas del Carnaval Paceño que desde su inauguración en la zona de El tejar, no ha sido equipado ni siquiera con el cuidado ni iluminación por parte de las autoridades municipales, que más de una vez retrasaron su inauguración.


Lo propio ocurre con uno de los monumentos más grandes en la zona de Chijini, el nuevo Señor Jesús del Gran Poder, donado también por los Ch’utas y Pepinos, que corre la misma suerte de los anteriores, abandonado inmisericordemente por la Subalcaldía Max Paredes.


Las dos únicas obras que se han presentado como homenaje al Bicentenario de la revolución paceña de 1809, fruto de la iniciativa ciudadana, que son inocentes víctimas de una política revanchista y dictatorial. Hasta cuándo pues será eso. ¿Hasta que tú quieras?


*Javier Escalier Orihuela
forma parte del Consejo Ciudadano de la Cultura y las Artes

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