Alasita 2010


Escribo esta columna en Viernes 22 de Enero de 2010, a pocas horas de sumergirnos en una ritualidad muy nuestra y muy paceña, que busca la prosperidad y el bienestar social para todos: La fiesta de la Alasita, inmersa en el calendario agrícola y que tiene que ver también con la estación de verano y por consiguiente, el tiempo de lluvias, conocido también como “jallu pacha”.

Es la Alasita donde se celebra la fiesta del rey chiquito, el “Ekeko”, dios de la abundancia, en quien depositamos nuestras esperanzas a la hora de adquirir billetitos del banco de la fortuna, quintalitos de azúcar y harina, casitas o autitos, a la espera que estos bienes simbólicos se hagan realidad a lo largo del año.

Y eso es justamente lo que la ciudadanía sale a comprar “sagradamente” todos los años cuando las manecillas del reloj marcan las doce del medio día del 24 de Enero.

Acorde con los nuevos tiempos de mercantilismo y globalización, la población ya no se conforma con sólo comprar unos cuantos billetitos y la casita hecha de estuco, sino que espera adquirir el codiciado carro del año, un vehículo “Hummer”, o una casa “a todo dar” (tipo chalet), bienes materiales que por supuesto no caen del cielo, ni siquiera haciendo fumar a diez “ekekos” a la vez, sino que demandan a la par, la superación, constancia y responsabilidad en el trabajo de uno mismo.

El Ekeko exige ese compromiso y sacrificio; y tal vez sea esa la razón por la que muchas veces suele ser incomprendido y echado al olvido, cuando aquel “pasaportito de papel” no da el resultado esperado, o la maletita no ha ayudado a emprender viaje a ninguna parte.

De ahí que el a veces ovacionado Ekeko, alcanza el estrellato el 24 de Enero por un escaso tiempo, y ve como su fama se va apagando junto con las cenizas de su último cigarrito, para terminar guardado en el tumbado de la casa hasta el próximo año.

En el pasado muchos vecinos renegaron de él, prohibiéndole su estadía en sus zonas, su monumento fue vagando por distintos lugares de La Paz por muchos años, varias plazas y plazuelas, hasta que pudo alcanzar un descanso merecido en el parque Roosevelt del parque urbano central, gracias a los artesanos y el gobierno municipal de ese entonces.

A su turno, estos últimos años, las autoridades municipales también le solicitaron favores, prometiéndole una declaratoria de rango mundial ante la UNESCO para preservar su imagen ante el mundo, pero al parecer tan sólo lo usaron políticamente.

Y como nadie es profeta en su tierra y ni siquiera nuestro Ekeko, el vecino chabacano, -cuando no- ha puesto sus ojos en él y al igual que sucedió con la danza de la Diablada Boliviana, pretende arrebatárnoslo sin que podamos hacer nada, mucho menos nuestras autoridades que están más ocupadas en prolongarse políticamente, aunque, claro, a costa del Ekeko.

Alasita, alarila…

* Javier Escalier Orihuela es Miembro Titular del Consejo Ciudadano de Cultura y las Artes de la ciudad de La Paz

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