Al César lo que es del César


La vasta riqueza cultural que ostenta con orgullo nuestro país, vislumbra sin embargo, la necesidad de encarar un trabajo serio de salvaguarda en función a estrategias y políticas culturales, que permitan a las generaciones del presente y futuro, conocer el legado ancestral de nuestros pueblos y su “cultura viva”, o cultura en movimiento y transformación constante, como componente fundamental para entender y defender nuestra identidad.


Su vulnerabilidad, deterioro y “globalización”, sumada a su apropiación indebida por parte de países vecinos, sólo ha podido ser evitada gracias a la incansable labor de los propios actores y gestores culturales, que han sabido respetar la memoria colectiva y honrar las prácticas y saberes de nuestros antepasados.


Nuestras manifestaciones folklóricas a través de sus danzas se han ido desarrollando gracias a características propias locales, surgidas de procesos históricos y sociales; con una lógica regionalista, como no sólo ocurre en Bolivia, sino en los diversos países del mundo, donde su folklore local expresa sus valores más auténticos creados por sus habitantes a lo largo de su historia, con influencias de su cotidianidad; –de ahí el término de “cultura viva”– porque van enriqueciéndose de factores sociales, culturales e incluso económicos, aunque con ciertos códigos que exigen instintivamente a mantener su esencia. Sólo así es posible esta constante transformación.


Un traje del Moreno, por ejemplo, podrá haber sufrido una serie de evoluciones que van desde el pollerín “campaneado” –al estilo achacacheño–, al cilíndrico que por motivos de comodidad se lleva en la actualidad. O habrá cambiado el tamaño y color de sus barbas; de sus ojos; y hasta el largo de su plumaje. Sin embargo sigue siendo un Moreno, de baile elegante y cadencioso. Como seguirá también haciendo tronar su matraca, que pudo haber sido una caja rectangular en un debido momento y ahora se ha convertido en un camión “Globetrotter” o una pila “Ray–o–Vac”, producto de la evolución de la danza.


Sin embargo así como el ejemplo de la Morenada, las danzas folklóricas de cada país, se constituyen en un factor emblemático de su identidad cultural. Por lo que no hay en el mundo danzas regionales compartidas entre dos o más países. De haberlas, no habría presentaciones en trajes típicos en certámenes internacionales, o delegaciones que interpreten la música típica–regional de cada país en eventos mundiales, porque bastaría sólo que la “región andina” envíe una “Diablada” que represente al continente sudamericano y pare de contar.


En ese entendido, el patrimonio cultural de cada nación representa la fuente vital para cada uno de ellos, pues está arraigado en su historia, filosofía, valores, códigos de ética y modo de pensamiento transmitido por su tradición oral–local.


“Al César lo que es del César” –como lo parafraseó la pasada semana el Vicepresidente Álvaro García Linera–. Ningún país del mundo podría apropiarse del “Mariachi”, porque es de México; ni del “Tango”, que es de Argentina; así como tampoco de la “Marinera” porque es del Perú.


Y de estos rasgos tan propios y característicos de cada pueblo no se escapan ni sus gustos, ni modismos, ni comidas; por lo que el “chairo” es de Bolivia; el “ajiaco” de Chile, la “feijoada” es de Brasil y las “papas a la Huancaina” son peruanas, cien por ciento.


Así también se considera a las danzas folklóricas de cada país, como parte de una tradición regional, su patrimonio, y en algunos casos susceptibles incluso a ser registradas en las oficinas de propiedad intelectual para defenderlas legalmente como “denominación de origen” como el pisco o el singani, que nunca serán lo mismo, porque representan y defienden prestigios regionales. Porque el folklore se ha convertido en una carta de presentación nacional, que se suma a atractivos turísticos, arqueológicos, históricos, etc.


Por ello es tan importante defender lo nuestro ante el mundo mediante políticas de preservación del patrimonio, con la implementación de programas y proyectos estatales. El efectivo rescate del patrimonio cultural incluye también su apropiación colectiva, por lo que requiere de condiciones que permitan a los diversos grupos sociales compartirlo y entenderlo como propio.


A nuestro vecino chabacano no le va a gustar que algún compatriota despistado sugiera en algún evento internacional que el “vals peruano” es de Bolivia, ¿O si?


* Javier Escalier Orihuela dirige la Fundación Cultural “Poder del Folklore”


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