El Descubrimiento... un 12 de Octubre...


La mañana de un 12 de Octubre, casi con los primeros rayos del sol, se alcanzaba a divisar a tres Carabelas surcando las azules aguas del Lago Titicaca rumbo a la península de Copacabana. Se trataba del "conquistador" Cristóbal Colón y sus “gentes” que navegaban en busca de nuevas tierras.

Inmediatamente fueron interceptados por los vigilantes del lugar que surcaban las heladas aguas del Lago Sagrado en balsas de totora, típicas de la región, quienes se apresuraron a abordar dichos navíos para requisar sus embarcaciones y verificar la documentación de los recién llegados. El oficial originario al mando se encargó del interrogatorio: —“entregame tu identificación, pasaporte, carnet, VISA…”—, sin comprender que se trataba del célebre navegante que tenía como fin, el colocar un pie sobre tierra firme justo ese día.

Don Cristóbal Colón, luego de muchas explicaciones, procedió al fin a pisar suelo americano, siendo amablemente recibido por las autoridades originarias, mallkus, mama th´allas, jilakatas del lugar junto a un comité de bienvenida encabezado por el Alcalde del “Gobierno Autónomo de Copacabana”, Emil Fernando Quispe.

12 salvas de artillería se hicieron detonar desde el Calvario en conmemoración a tan insólita visita; el Alcalde le nombró “huésped ilustre” de la península de Copacabana, entregándole las “llaves de la ciudad” y descubriendo una placa recordatoria a tan magno acontecimiento en la Capitanía de Puerto de las playas de Copacabana.



Al medio día el “navegante” asistió al Tedeum oficiado en la Iglesia del Señor de Colquepata y más tarde realizó un recorrido por el Santuario de la Virgencita de Copacabana, ante la atenta mirada de propios y extraños sorprendidos ante la sospechosa, como insistente pregunta que el “conquistador” hacía a todos acerca del lugar donde los celosos curas guardan “las joyas de la Virgen”; por lo que se dispuso que Colón fuera escoltado por los Morenos Novenantes y sus “rudos”: Raymundo Zaire, “El Indio Gerónimo” y Alberto Zúñiga, “La Momia”.

Posteriormente, Don Cristóbal disfrutó —de la mano de su guía, Dandy Villacorta— de una deliciosa “trucha a la romana” y de un rico “caldito de huallaque” servidos en el afamado Hotel “El Rosario”.

Por la noche se instaló la tradicional verbena popular organizada por la Alcaldía en plena plaza principal, con el acompañamiento de la banda de música de la Fuerza Naval acantonada en Tiquina y la importante adhesión del municipio paceño que ofreció un espectáculo intercultural de música electrónica, hip hop y reggaetón, llevada especialmente desde su ciudad.

Al final de la jornada, autoridades locales y originarias le invitaron a pasar la noche cómodamente en el Hotel “Boston”, —a expreso ofrecimiento de Don Pepe Mercado—, su tripulación se alojó en la “Posada” de propiedad de los curitas.

Al día siguiente, con una espantosa resaca por el trajín y los homenajes que le hicieron el día anterior, Colón —como se le llamaba cariñosamente a Cristóforo Colombo— fue despertado para desayunar un tradicional api “mezclado” en el Comedor Popular del Mercado, aprovechando el momento para comprar una libra de “pasankh’allas” para su retorno.

En algún momento de su visita, un fugaz gesto de grandeza se apropió de él por unos instantes, con la idea de poder retribuir de alguna manera a esta tierra por los beneficios que significó el encuentro con América para su reino, como la condonación de la deuda bilateral o una mayor cooperación.

Antiguos relatos de la época cuentan que los conquistadores fácilmente con el oro extraído de las entrañas de nuestra tierra, pudieron haber forjado un enorme puente de plata pura que podría haber ido desde Potosí hasta España; por el que, al parecer, luego de regocijarse con nuestra riqueza, se fueron, para no volver nunca más. Al contrario, se aseguraron de no permitir el ingreso de nuestros compatriotas a su nación durante el resto de la vida, instaurando duras políticas migratorias.

Volviendo a la algarabía de los festejos por el 12 de Octubre y contrariamente a sus propósitos, tarde se dio cuenta Don Cristóbal que ni él, ni sus embarcaciones podían hacerse a la mar, debido a que se encontraban en el Lago Titicaca, y este —por su naturaleza— no tiene salida, enclaustrados entre dos naciones andinas.

Las autoridades originarias, —como buenas anfitrionas— en coordinación con los movimientos sociales, le instaron a quedarse formalmente en nuestro país, para lo cual el Alcalde de Copacabana, a través de su Secretario General, Líder Aruquipa, realizó las gestiones con su par paceño y dispusieron que aquel huésped sea trasladado a una plataforma de mármol erigida en El Prado de la ciudad de La Paz, desde donde a partir de entonces contempla a diario el transitar de los paceños, con esa “risita” enigmática que nos recuerda que no debemos ser tan ingenuos con los forasteros y que debemos cuidar y preservar lo que aún nos queda de riqueza natural, mineral y ante todo “cultural”.

Javier Escalier Orihuela

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