Un cuento de Carnaval

Javier Escalier Orihuela


Temprano aquella mañana de Sábado de Carnaval, se prepara Don Miguel, un paceño de cepa como muchos. Sabía que tenía una reunión importante. Vestía traje formal, elegante gabardina y paraguas, por si le pescaba la lluvia. En la puerta de calle, le esperaba su abnegada esposa, junto a sus pequeños hijos, de quienes se despidió con un tierno beso; excepto del menor, Alejandro, a quien le dijo: —Ayúdame con este maletín que contiene mi vida—.


Don Miguel y su familia vivían en una zona tradicional de nuestro Chukiago Marka, de esas que celosamente guardan las costumbres paceñas que han sido transmitidas de generación en generación por sus antepasados.


Ya afuera, aproximadamente a dos cuadras de distancia, en un callejón angosto y vacío, Don Miguel y su pequeño hijo abrían aquel viejo y empolvado maletín. —De prisa, de prisa —le recomendaba el padre—, que nadie nos vea.


Había que ver los ojos del pequeño Alejandro cuando de la valija del autor de sus días comenzaron a salir los zapatos viejos de su padre, junto a unos guantes blancos, un arrugado y bullicioso disfraz de pepino, de colores intensos, con cascabeles cosidos por todos lados y un “chorizo” especial, de esos que hacen doler a conciencia cuando golpean. Dos amplios bolsones, uno de ellos con harina y el otro con mixtura; el primero era para los más huasos y hualaychos, mientras que el segundo estaba reservado para los más chiquilines, o para echarle un puñado a alguna simpática cholita. Y es que el Pepino siempre ha sido un conquistador sin remedio. Del fondo de su bulto y para completar la transformación, Don Miguel sacó una graciosa máscara hecha de papel maché, que tenía una mueca que daba risa con sólo verla.


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Durante la época republicana, el Pepino paceño —extraña mezcolanza entre Kusillo andino y Pierrot— no era bien recibido en los altos círculos de la sociedad de aquel entonces. Sin embargo, poco a poco, gracias a su carácter fresco y risueño, fue convirtiéndose en el personaje infaltable del Carnaval. Actualmente, es el protagonista de esta fiesta. Simpático, bonachón y cholero, son cualidades innatas en él. Se lo distingue también por el ruidoso sonar de campanillas cosidas en las puntas de sus puños y por su inconfundible voz atiplada. Aunque, sin duda, suele ser más recordado por el sonoro golpe de su matasuegras.


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Ya en acción, nuestro Pepino apareció en la esquina de aquel barrio. En su descenso provocaba a medio mundo, principalmente a las cholitas, quienes todavía no salían de su asombro —¿Quién eres, quién eres? —le preguntaban, sin siquiera imaginarse que se trataba de aquel caballero tan serio y amable que les saludaba todas las mañanas con un “buen día caserita”. Al rato se despidió de ellas, no sin antes enrollarles un paquete de serpentinas y hacerlas corretear mientras escapaban del un puñado de mixtura o del “inocente” golpe del matasuegras.


Más tarde, el turno les tocó a los más ch’itis del barrio, quienes le canturrearon “pepino chorizo sin calzón” y “chauchita, chauchita”. El Pepino entonces les lanzó monedas y aprovechó para repartir algunos golpes a quienes se agacharon para recogerlas.


La careta del Pepino reía y, dentro de ella, Don Miguel también reía. Los golpes eran el precio que cobraba a aquellos que se abalanzaban sobre las monedas. Pero entonces se dio cuenta de que el más magullado había sido su propio hijo, quien al haberle acompañado por todo aquel circuito, no se había resistido a la idea de ganarse fácilmente unos cuantos pesos para comprarse una bolsita de globos o muchas tiras de cohetillos. Entonces, el Pepino alzó al pequeño Alejandro y le advirtió lacónicamente


—¡No vayas a decirle a tu mamá!


Seguía aquel bufón criollo toda la mañana, repartiendo harina, mixtura y golpes por doquier. —¿Quién es ese Pepino?, ¿quién es? —, decían las infortunadas víctimas de la algarabía del personaje. Entre dos vecinos trataron de agarrarlo para descubrirle el rostro y, así, saber de quién se trataba. Sin embargo, el Pepino se escabulló causando las risas de sus perseguidores. Al fin y al cabo, todos tenemos un Pepino dentro que surge en estas fiestas.


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En los días de Carnaval, el Pepino se convierte en el rey supremo de la fiesta. Cumple una ajetreada ruta de apariciones: se lo encuentra en los mercados, ch’allando puestos de venta al lado de cholitas a quienes les pone serpentina y les invita a bailar una cuequita paceña. Se lo ve también compartir con los niños, chauchitando unas cuantas monedas al son de “Pepino chorizo sin calzón” y combatiendo en las calles —aunque en desigualdad numérica, pero con mucha valentía— contra decenas de jóvenes armados con globos y chisguetes, sólo con harina, mixtura y su matasuegras.


La simple, pero atractiva vestimenta del Pepino, consiste en un mameluco a cuadros, confeccionado con tela de charmé, en dos elegantes colores muy bien combinados, un largo cuello de tul blanco, una careta con expresiva mueca de alegría y un largo chorizo, que no es más que un trozo de tela rellenado con trapos, que más tarde sería reemplazado por el matasuegras.


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Ya al terminar la tarde, envuelto en serpentinas y con varias cervecitas encima, el Pepino quedó exhausto, aunque todavía de buen humor. Cantando coplas del Carnaval o algún huayñito, retornó a su hogar. Su esposa, que salió a recibirle, se encontró con el espectáculo de cada año. —Borracho, estás borracho —, le dijo, reprendiéndolo como a un jovenzuelo. Don Miguel, sin notar aquel frío recibimiento, se metió en la casa bailando y luego cayó rendido. No era para menos: había estado festejando todo el día.


A la mañana siguiente asistiría, junto a varios compañeros de la oficina y del barrio, a la Entrada de Carnaval Ch’ukuta, una tradición que no pierde vigencia a pesar de los años y los cambios, y que se ha convertido en un emblema de los habitantes de La Paz.


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En la Entrada del domingo de Carnaval, interminables comparsas de Pepinos colman las serpenteantes calles. El desfile bullanguero comienza en la Estación Central y recorre las calles, angostas, añejas, que guardan una carga costumbrista incomparable.


Al Pepino no siempre le dieron el valor que la tradición le ha impuesto. En la dictadura de los años 70’s, el Carnaval estaba proscrito pues a las autoridades se les ocurrió que la gente debía trabajar más y regocijarse menos. A principios de los 80’s, en una propaganda televisiva muy recordada, el Pepino lloró a causa del olvido al que lo habían sentenciado. Fue Don Raúl Salmón, un alcalde muy ch’ukuta, quien a través de una enorme campaña denominada: Rescate del Pepino Paceño, promovió e incentivó la participación de este personaje en las fiestas. Junto a él, patricios paceños como Don Gastón Velasco y el Gral. Armando Escobar Uría, entre otros, han incentivado y fomentado a este tradicional bufón paceño. Hoy en día, el Carnaval, junto a su Pepino, sobreviven gracias a la ciudadanía, que apoya individualmente la alegría de esta fiesta, y a las autoridades que la respaldan.


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Pasados los humos del alcohol, se despertó nuestro personaje. Se recuperó poco a poco de su letargo y abrió lentamente sus ojos. ¿Dónde estaba su disfraz de Pepino y su careta? No los veía por ninguna parte. ¿Qué había pasado? — ¿La habré dejado en alguna cantina del barrio?—, se preguntó—. En eso, Alejandro, su hijo menor, se le aceró y le contó la desdicha. Había sido obra de su madre, quien cansada del espectáculo de todos los años de verlo llegar haciendo zetas por la cuadra, decidió deshacerse del disfraz y la careta, que ahora yacía partida en dos en ese callejón testigo de sus transformaciones.


A Don Miguel no le quedaba más que llorar amargamente su desgracia, y todos sus hijos lloraban con él.


—¿Qué has hecho, hija? —, le preguntaba a su señora, y ella también lloraba arrepentida.

—Perdoname viejo —le decía sin poder remediar la desventura.


En el fondo no quería hacerlo, pero se había dejado llevar por su enojo. El Carnaval ya no sería igual, ahora ya nada sería igual: le habían quitado parte de su persona, parte de su vida.


Pasaron muchos Carnavales, pero la vida de don Miguel no volvió a ser la misma. Se convirtió en una persona más reservada, menos motivada. Y ese cambio es ahora recordado por sus hijos, ya adultos, quienes no pueden borrar ese acontecimiento de sus memorias.


Sin embargo, el alma entusiasta y alegre de don Miguel fue heredada por sus nietos, quienes se comportan con jovialidad y desenfado en Carnaval, y es que lo que se lleva en la sangre, no se pierde fácilmente.

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Hoy en día, ese Pepino no revive sólo en los nietos de Don Miguel sino en todos los paceños, quienes esperan con ansias la llegada del Carnaval para dar rienda suelta a la alegría que contienen todo el año. Como Don Miguel, cada Carnaval los paceños nos aprestamos a desempolvar y planchar nuestros viejos disfraces de Pepino, un poco arrugados, y quizás algo desteñidos, pero siempre un símbolo paceño de alegría y regocijo.

Javier Escalier Orihuela fue Secretario Municipal de Culturas de la ciudad de La Paz

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